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martes, 2 de agosto de 2011

EL LOCO DEL TREN

- “Espero la llegada del tren” –le dice don Elpidio Tarrasco a Demóstenes Aparicio, sin verlo a la cara- e inclina su cabeza hacia la izquierda para ver si asoma ya la locomotora.

Siempre pulcro, elegantemente vestido con su gastado traje de paño gris que alguna vez debe haber sido negro, camisa blanca con el cuello ya sin forma, corbata negra con delgadas líneas doradas en diagonal, pañuelo blanco asomando tímido desde la bolsa del saco, zapatos de color café obscuro con señales de haber sido impecables hace ya varios años y un sombrero de fieltro con los bordes ya gastados. Don Elpidio Tarrasco, “el loco del tren” como es conocido en la aldea, espera en la estación del tren de Angangueo, al lado de su eterna maleta azul con manija de oxidado metal, como todos los días entre las 9 y las 12 horas, desde hace siete años.

Algunos dicen que don Elpidio Tarrasco, hoy ya un hombre viejo y de caminar lento, fue en su juventud un apuesto guardavías en la estación de Tlalpujahua; otros más aseguran que fue el entusiasta maquinista en la ruta que corre hacia Maravatío; algunos otros sostienen que él fungió como sotaminero mayor de la mina de Catingón; los más simplemente se burlan de él y acuden a la derruida estación para verlo esperar todos los días la imposible llegada del tren, mismo que dejó de correr por las vías quince años atrás en el tiempo.

- “Espero la llegada del tren” –le repite don Elpidio Tarrasco a Demóstenes Aparicio, mascullando las palabras- e inclina de nuevo su blanca cabellera hacia la izquierda.

A sus 39 años Demóstenes Aparicio dirige sus pasos por la calle principal pendiente arriba para vender sus manzanas en los portales. Aún recuerda que durante su infancia la estación del tren era el lugar de encuentro de la población, en el horario y los días en que llegaba, desde Zitácuaro en su trayecto hacia Jungapeo, la gente alborotada se juntaba para recibirlo. Llegaban gallardos jóvenes oriundos de la localidad quienes regresaban a pasar sus vacaciones escolares y eran recibidos en la estación por toda su familia, misma que vestía con sus mejores ropas. Las chismosas del pueblo acudían tan sólo para ver "quién llegaba" y difamar entre ellas.

- “¿Ya vieron que Anastacia Tejeda llegó sola –murmura doña Ruperta Mandujano-  vayan a saber dónde dejó al vaquetón de su marido?”.

Los señores de gruesos bigotes acudían para arrebatarse los pocos periódicos de circulación nacional y así enterarse de “lo que pasaba en el mundo". También solía llegar a la estación algún artículo electrodoméstico que meses atrás alguien había encargado por catálogo; así como medicamentos, prendas de vestir, calzado y artículos varios. Abundaba la vendimia de alimentos y uno que otro producto "pá el recuerdo del viaje".

Recién cumplidos sus nueve años Demóstenes Aparicio, supo del incendio en la mina del Carmen que se extendió hasta el barrio de la Purísima. Fallecieron doce habitantes de Angangueo. Varias familias emigraron entonces hacia Toluca, tratando de guardar en el olvido la tragedia. Justo diez años después sucedió el derrumbe en la mina de Catingón, que cobró la vida de más de veinte mineros, incluyendo a dos malacateros y al quita-pepena. Familias enteras se fueron hacia la capital y otras más hacia el norte, buscando mejores oportunidades. Angangueo se fue desahabitando poco a poco, los inviernos transcurrieon y vieron partir una a una a familias enteras. Sólo las sombras de los pocos residentes vagaban por entre los callejones y las voces de personas ya idas se escuchaban en las tardes subiendo por los tejados.

Atrás quedaron los años de bonanza del mineral de Angangueo y con ella, el interés de la compañía del ferrocarril por hacer parada en un pueblo fantasma.

- “¿Quién será la siguiente familia que se vaya?” –se preguntaban angustiados los escasos pobladores que aún quedaban- .

Entonces la estación del tren se fue deteriorando poco a poco. Primero, los Martiñón desmontaron los rieles para fundirlos y fabricar la herrería de la iglesia de San Simón; después, los lugareños usaron los durmientes como leña para calentar sus hogares durante la rigurosa nevada en el invierno del 58’. Las polillas  hicieron lo suyo y carcomieron  la madera del techo, el piso y las paredes. Las ventanas ya sin vidrios dejaban entrar por completo la lluvia, el polvo, la aguanieve de enero y el helado viento de las tardes, mismo que solía provocar un ahogado silbido como venido desde el pasado, que asustaba a los niños que acudían a la estación para jugar al salir de la escuela primaria. Por alguna extraña razón tan sólo quedó la linterna del guardagujas colgada del poste de identificación, sin que nadie se atreviese a tocarla.

Como si un rayo  venido desde los ancestrales bosques de oyamel que rodean la localidad le hubiese taladrado la cabeza, hoy Demóstenes Aparicio toma la irrevocable decisión de irse. No hay marcha atrás. Nada ni nadie lo detienen ya en aquel desolado lugar.

- “Ya tomo camino don Arcadio y no regresaré” –le dice Demóstenes Aparicio antes de marcharse a don Arcadio Toquero, el tendero del pueblo-, “aí le dejo mi cabaña pá su uso”.

Antes de dirigir sus pasos hacia el camino de terracería, en espera que transite alguna camioneta que lo lleve “dios sabe a donde”, Demóstenes Aparicio decide pasar a despedirse de la estación del tren. Ahí encuentra todavía a don Elpidio Tarrasco, el loco del tren, esperando en el andén.

- “Espero la llegada del tren rumbo a Jungapeo” –le dice don Elpidio Tarrasco, sin voletar a verlo- y asoma su cabeza.

A lo lejos, Demóstenes Aparicio escucha el agudo silbido del ferrocarril hasta que éste llega a la estación. No atina a decir nada. El convoy se detiene tan sólo un momento, lo suficiente para que don Elpidio Tarrrasco, el loco del tren, aborde el primer vagón y se siente en la ventanilla derecha, desde donde sin ningún gesto en el rostro, dirige su mirada hacia el frente.

A punto de arrancar el tren en la estación de Angangueo, Demóstenes Aparicio aborda el ferrocarril. Coloca su maleta y un bulto en la canastilla, acomoda su cuerpo dos asientos atrás del loco del tren. Se arrima hasta la ventanilla y fija su mirada hacia el centro de pueblo. El tren parte de la estación de Angangueo. Demóstenes Aparicio jamás volverá.
amq

lunes, 22 de noviembre de 2010

CERRANDO LA PUERTA

Tlayacapan, Morelos. 
fot. Margarita Muñoz Fuentes.

... entonces quedé solo por completo.

Por un instante escuché sus pasos retornando. Paré en dos piernas y salí por el tragaluz. Y es que la soledad es una morbosa combinación de placer y angustiosa esperaPorque en cierta forma espera es sinónimo de esperanza. Por eso corrí, corrí durante horas defendiendo aquello que ahora sólo era mío. De hecho, lo único que poseo: mi soledad.

Era tan desenfrenada mi huida que no había reparado en el paisaje. El otrora tupido bosque templado de oyamel que acostumbraba transitar era ahora un agreste escampado, un triste erial desolado. Porque si bien semejaba a un semidesierto, su coloración grisácea y verdusca, hacía imaginar en él el tiro de la abandonada mina de esmeraldas del rumbo de Copainalá.

El horizonte estaba coronado por un arcoiris de monumentales dimensiones. Ni el sol  ni la luna iluminaban el firmamento y en su lugar, dos grandes anillos fluorescentes aluzaban de manera tenue el entorno.  Por momentos, la respiración se complicaba y un pasajero mareo provocaba náuseas. Sólo el silbido chillón de un vientecillo, que de forma regular se hacía presente, rompía el silencio.

Deambulé durante horas, durante lo que yo supuse días enteros. Quise llorar pero mis lágrimas se negaron ha acompañarme. Desesperado hasta un grado menor a la locura grité, pero nadie me contestó. El cansancio me obligó a recostarme para dormir y sumergirme en alucinantes sueños repetidos. El rodar lento y pausado de una cachanilla despertó mi sueño y exaltó mi vigilia; entonces di media vuelta en busca del objeto que producía aquel ruido.

Allá, como a doscientos metros cuesta arriba, en la punta de un peñasco de forma irregular, un alto hombre inmóvil me observaba.

Conforme me fui acercando reconocí en él evidentes signos de su identidad : su blanca y larga barba empapada en sangre, los grandes ojos desorbitados, sus largas manos cruzadas sobre el pecho y una pata de cabra que se esforzaba por ocultar. En realidad no era miedo, sino curiosidad lo que me aproximaba a Lucifer. Deseaba conocer su versión de la Historia.

Ahí, a medio metro de distancia, encontré al Diablo apolillado, entumido, casi irreconocible entre el milenario polvo y telarañas ofensivas. Satanás había muerto, seguramente siglos atrás.

Supe entonces que jamás volvería a besar a mi mujer y que el final para mí estaba clausurado.  Estaba destinado a suplir a Luzbel, el ángel desterrado.

Ahora aquí, con la mirada fija en la nada y  la imaginación extraviada en el vacío, hoy cumplo mi tarea, desempeño mi oficio.  Sí pues.

amq

miércoles, 17 de noviembre de 2010

ROMPIENDO LA NOCHE

1979 - 2008
Entonces bajó la neblina, la que presagia desdichas, la que anticipa pérdidas.

- ¿Quién sos vos -pregunta sorprendido Melitón Rodarte- y por qué fijo me ves, si mis ojos no atinan mirarte?  Si acá todos semos probes mineros. 

Desde la tapa de una lata de pintura que hace las veces de espejo, nadie le contesta. En cuanto baña su cuerpo, medio se desayuna los restos de mole de totol de la noche anterior, se enfunda la ropa y toma su caja de herramientas. Sale a las prisas, coloca el estuche en la parte trasera de la camioneta y toma camino, como todos los días, recién aluza el sol. Una hora de terracería hasta la mina de Angangueo y otra de regreso por la tarde, recién asoma la luna.

Al medio día mientras come Melitón Rodarte, recibe noticias de Tlalpujahua. Tiene ya varios otoños que no va a la quinta familiar, ni desde la caseta se comunica.

- Pa’ qué -se dice él siempre como para justificarse- si ya naiden allá me espera. Si mis recuerdos están llenos de nada.

- Mira Melitón préstame una palabra, en cuanto salgas del tiro te pasas a la oficina en después -le dice Emeterio Rejón el sotaminero mayor-, que tienes allí un telegrama.

- Sí pues -le responde Melitón Rodarte- .

Ya al atardecer, una hora de silencio y el trayecto de regreso. Polvo que acumula más polvo, piedras  que sepultan pensamientos y olvidos. Dentro de la cabina conviven él, su cajón de herramientas, un telegrama sin leer y un montón de cavilaciones ya grabadas en el techo a fuerza de repetirlas todos los días.

- Ya pa’ qué -se dice él- si ya naiden me espera.

Entonces, tímida asoma la neblina, baja lenta en rítmicas espirales hacia  la copa de los arrogantes pinos y desde ahí suave se resbala entre las ramas hasta formar una tenue cortina de tonalidades en ámbar.

- ¿Cuánto llevas ahí sentado esperándome -le pregunta Melitón Rodarte al entrar en su cabaña-, es que no te aburres? ¿Seguirás ahí cuándo la luz del sol se apague y se asilencie todo? ¿Es acaso la noche tu morada y el tiempo en que vos vives? ¿Y tocante a mí -agrega- bien sabes que yo no fácil me amüino?

No recibe respuesta alguna. Tampoco la esperaba. Come un poco de pan negro con la conserva que desde Tuxpan le hacen llegar  familiares lejanos de mes en mes.  Masticando recuerdos y sorbiendo leche de cabra, Melitón Rodarte se va quedando silencio, sin expresión alguna en el rostro, tan sólo mirando a lo lejos la luna llena que desde la ventana, soberbia se asoma y todo lo ilumina.  Ahora camina lento hasta alcanzar la escalera del tapanco, que es donde él duerme. Sube con más sueño que convicción. Duerme, sueña, añora.

- ¿Qué hacías vos en mi sueño? -le pregunta Melitón Rodarte al despertarse a la mañana siguiente- mientras baja los siete escalones ¿Y por qué con tanta familiaridad me tratas?  No recibe respuesta. Tampoco la espera.

- Si tan sólo yo anhelo vivir -agrega él- en un templado lugar sin memoria; en un sitio fresco para no sofocarme y tan alejado pa’ que no lleguen los reproches; en un elevado bosque en donde abunden los árboles desde donde cuelguen los recuerdos sin rostro. Sí -se repite a sí mismo- un lugar en donde pueda estar silencio. Sí pues.

Entonces, sin saber por qué ni desde cuando, una ancestral melancolía lo cubre todo, un viento helado cargado de tristeza lo estremece y un par de tímidas lágrimas se niegan a rodar por sus mejillas.  A punto de tomar su caja de herramientas para a las prisas salir, sus grandes ojos claros ya no alcanzan a reflejar nada; ni alegría, ni una sonrisa, ni nada de nada.

Melitón Rodarte sale más temprano que de costumbre a la labor, aún el sol no aluza y una espesa neblina oculta  la torcida higuera que resguarda la entrada de su hogar. Hoy lo acompañará Edelmiro, el verde perico que recibió el invierno pasado de manos de su prima Acacia Sanjinés, y quien habita en la oquedad de un viejo oyamel. El loro, si bien no habla una sola palabra, siempre es una buena compañía en los nublados días como el de hoy.

Aborda su camioneta y enfila hacia la colina de Coquimatlán. Se detiene a un costado del campo santo. Ahí reposan todos sus antepasados, casi todos.  También ahora ahí descansa en paz su sobrina Dirce. No se atreve a bajar, se queda quieto mirando los montículos.  Fija su mirada en la blanca loza  de cemento.  A él le tocó reconocer el pequeño cuerpo recién iniciando mayo, el año de la crecida del río Laurel.

- Te buscan en la clínica -le dijo Emeterio Rejón el sotaminero mayor con gesto serio-, parece que hubo un accidente en la curva de Monte Escobedo. Ándate ya Melitón Rodarte -le apura- yo recojo tu herramienta.

Los primeros rayos de luz alumbran sus grandes ojos claros. El pausado correr de un cojo tlacuhache lo devuelven al horario. Toma el telegrama aún sin leer, lo parte en cuatro pedazos y lo arroja por la ventanilla. Su herramienta, Edelmiro, varios porqués en su mente y muchas imágenes, todos juntos se guarecen de la llovizna en la cabina.

- Estáte silencio Melitón Rodarte -se dice a sí mismo - estáte silencio, pa´ qué remover más el olvido. A veces, tan sólo a veces, hacen más mal las palabras. En adelante los días –habla con Edelmiro el perico -ya no los medirá el calendario, serán mis mayores quienes dirán cuando volver sobre mis pasos.

- Ahora mis recuerdos  -agrega Melitón Rodarte- se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. La vida no es justa Edelmiro tan sólo la vivimos, el azar y el destino nos acechan todos los días a la vuelta del camino. Sí pues.

Melitón Rodarte enciende el motor y rumbo a la mina de Angangueo toma camino. Como todos los días del año. La pertinaz llovizna empapa por completo la camioneta, que lenta, se pierde de vista detrás de la espesa neblina. Tan sólo un monótono rodar se escucha a lo lejos. Es fecha que nadie ha visto ya ni a Melitón Rodarte, ni al perico Edelmiro, ni a la camioneta. Sí pues.
amq 

FRÍA LA MAÑANA

Mujeres wixaritari; Tateikie, 
sirerra Wixárika (Huichola). 
fot. Antonio de Marín y Quintana.
- Allá, justo donde dobla la ladera –señala con la mano izquierda Petra-, mero arriba donde el sol aluza aquellos torcidos robles.

Herminio Mandujano  no responde. Baja la vista, acomoda su carga de leña sobre el hombro y reanuda el paso. Prefiere guardarse los “mmm… sí” para después. Dos lunas de distancia aún los separan de Tateikie.

Cuatro leguas más adelante la luna llena los ilumina apenas cruzando el puente del arenal, donde deciden establecer su campamento nocturno. Un café cargado sostiene los cansados párpados de Minio –como es conocido en la sierra Wixarika Hermino Mandujano- por un par de horas más y varias bocanadas de su macuche.

Par de ojos, respiraciones ahogadas, arroyos que serpentean y copas de árboles dobladas por invisibles cuerpos. Petra hace la primera guardia, no duerme, tan sólo sueña. La acechan seres que habitan en sus repetidos viajes oníricos a bosques tan distantes como templados. Seres bajitos de estatura y milenaria memoria almacenada entre signos de interrogación y puntos suspensivos. Ella los conoce, los teme, los intuye.

Sopla fuerte el viento y apaga la fogata. Hablan quedo entre sí las ramas y baila cadencioso el follaje al ritmo de una melancólica melodía como venida de la nada.

A Petra la vence el cansancio al tiempo que el canto de unos verduzcos grillos la sumerge en ancestrales sueños de tinieblas y gotas de sangre arrepentidas. Ahora ella camina, corre veloz, ligera, casi sin tocar la tierra. Sube pendiente arriba y como en las pasadas tres lunas, graves voces repiten su nombre, la invitan a internarse en el tupido bosque, allá donde “el sol aluza los torcidos robles”.

-“¡Entra Petra, entra!” –repiten ahogados llamados desde donde el eco se regresa - “Tu sueño no miente, nos perteneces, nos anhelas ¡Entra Petra, entra!”.

A la mañana siguiente Herminio Mandujano de súbito despierta, sudando frío la frente y con el pánico dibujado en el rostro.  Busca a su tuxieri con la vista pero no la encuentra. Camina veredas, angostas brechas, escarpadas pendientes, el arroyo en su trayecto hacia donde nadie nunca ha llegado. Todo es inútil, no la encuentra. Un día entero de búsqueda, veinticuatro horas de desolación.

Mino –como es conocido Herminio Mandujano en la sierra- , sumido en la inconsolable tristeza que le provoca el miedo y el llanto apresado en un par de manos que no atinan qué hacer sin su tuxieri, soporta el afligido cuerpo sobre sus piernas en cuchillas, cuando horrorizado descubre en la entrada de la abandonada cueva de tutsipa, una leyenda escrita con la ceniza de un viejo ocote: “Petra, antes de entrar ya estabas aquí; quedarás aquí cuando salgas”.

Grises nubes coronan la solitaria cañada, polvo en el viento, fría la mañana, En la sierra Wixarika amanece.
amq(Netekuari)

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Tateikie – Una de las tres grandes localidades de la sierra huichola al norte del estado de Jalisco, en México.
Macuche – Especie de cigarro artesanal elaborado con una combinación de tabaco y mezcalina.
Tuxieri – Mujer, pareja femenina.
Wixarika – Huichola.
Netekuari – Barba blanca.

EN LA CALLE

Montreal, Canadá. 
fot. Margarita Muñoz Fuentes.
Mis piernas me conducen como a un autómata. Por calles inundadas de basura material y desperdicios humanos. Por trayectos vacíos  de afectos, de sentimientos compartidos. Por pasajes circulares sin salida y ya no recuerdo si tampoco entrada.

Calles pavimentadas con seres, quienes al paso de motorizados vehículos, evocan nostálgicos que algún día ya lejano ellos fueron los protagonistas en las ciudades.

De pronto soy alcanzado en el hombro izquierdo por una delgada flecha. Justo al llegar a “mi esquina”.   Sí aquella en donde una tarde de septiembre experimenté mi primera petición de noviazgo:

- Déjame pensarlo –me dijo Yolanda- siquiera espérame a que cumpla los once años ¿sí? para que mi mamá me dé permiso.

- ¡No espero! –de inmediato le respondí-, si tú aceptas, digo si tú quieres, bueno pus yo creo que lo sabes ¿no? Además yo prefiero –agregué envalentonado- un no o un sí pero ahorita mismo.

- ¡Está bien Sebastián, está bien! –respondió nerviosa Yolanda - sólo quería que no fuera tan rápido pues, tan fácil…

Recorro con la vista el entorno y no encuentro al responsable, tan sólo observo androides caminando de prisa sin rumbo, sin verse entre ellos, insultándose a sí mismos en su condición humana, realizando labores tan rutinarias como grises.

Un delgado hilo rojo escurre por el azul de mi camisa hasta formar un pequeño charco en mi pañuelo, que tímido asoma desde la bolsa de la camisola; el dolor ahora se extiende por mi brazo izquierdo hasta llegar a mis piernas, obligándome a doblarlas.

Quedo tendido en la acera, frente a una derruida panadería de un pan tan duro como descolorido, ante la citadina indiferencia de transeúntes quienes tan sólo me rodean para no pisarme, pero que no se detienen. Busco en mi memoria recuerdos almacenados: aquel carterista a quien involuntariamente interrumpí en su oficio…al agente judicial a quien paralizado observé dispar por la espalda a un ladrón de dos manzanas en el mercado de nativitas… o quizá algún marido ofendido quien nunca aceptó de buena gana saberse cornudo y engañado.

Haciendo un titánico esfuerzo logro desprenderme de tan doloroso e incisivo proyectil. Al tacto con mis manos, recorriendo su delgado talle y palpando su reluciente metal dorado, lo reconozco. Fue proyectado por mí, aquella noche del noviembre anterior ya casi en la madrugada, cuando escribía versos amorosos y muy emotivos para una imaginaria enamorada y entonces lancé una mirada a la penumbra “cual delgada flecha”.

Aquí hoy, tendido en la banqueta de una calle cualquiera, en una ciudad cualquiera, decido dejar el exagerado empleo de metáforas, frases hechas y lugares tan comunes como cursis. Sí pues.
amq

CAMPEÓN DE NATACIÓN

Playa del Carmen, Qintana Roo.
Ahí está él, otra vez él. Maurilio Carpio pasa sus vacaciones escolares junto con su familia en las apacibles playas del estado de Colima. es la cuarta ocasión en que Lavinia se topa con Maurilio en esta semana. Y decir "se topa" es un decir, porque en realidad ella lo busca, lo persigue, lo desea.


Porque ese ahogado suspirito de Lavinia Martiñón por las noches  y ese rojo subido en las mejillas, los provoca él. Con su indiferente presencia, Maurilio, estudiante de la carrera de ingeniería en la ciudad de Morelia, no ha hecho sino incitar en ella aún más el deseo. De nuevo al alcance de su vista y tan distante de su pasión adolescente. Como sucedió ayer en los portales de Comala, al espiarlo cuando hacía compras en la casa de don Mere.

Esta vez Lavinia no está dispuesta a repetirse frustrada “pues sí, ya será mañana”. El período vacacional está por concluir y con él su oportunidad.

Aquí en la blanca y ancha playa de Cuyutlán, Maurilio se despoja de su bata de baño y deja mostrar su atlético cuerpo apenas cubierto por un traje de baño azul.

Con sus hermosos pero aún ingenuos 16 años a cuestas, Lavinia siente de súbito el poderoso llamado de su género y la fortuna de ser mujer. Gira su cabeza hacia uno y el otro lado y no ve a nadie cercano.

- Eso es –dice ella para sus adentros- ¡ya lo tengo!

Una sonrisa tan pícara como femenina ilumina entonces el rostro de la hermosa Lavinia, repitiéndose bajito:

- Tendré que gritar fuerte para que me oiga, así será. Gritaré muy fuerte ya que no sé nadar.

Hunde Lavinia sus pies en la tersa arena de Cuyutlán, poco a poco se sumerge hasta allá, donde rompe la primera ola verde. Donde las gaviotas amenazan con clavarse en el agua como flechas proyectadas por un imaginario arco y la blanca espuma burbujea como  una tecate recién abierta.

Hoy Maurilio Carpio, tendido sobre la espesa arena, en la interminable playa de Los Ayala, en Nayarit, observa el cadencioso ir y venir del vital líquido y la franja que divide el agua salada del mar y la dulce que desemboca del caudaloso río Azul. Entonces recuerda afligido el verano del año pasado en la playa de Cuyutlán.

Su memoria lo transporta hasta el instante en que vio desaparecer dentro de la ola verde aquella muchacha, desconocida para él justo en el momento  en que el sol se introduce en esa enorme alcancía que es el océano.

El recuerdo le golpea el pensamiento. Le taladra la conciencia. No olvida afligido que desesperado tan sólo acertó a gritar:

- ¡Auxilio, auxilio, se ahoga una muchacha, se ahoga! ¡Vengan rápido, que yo no sé nadar!

Una ola, otra más, no descansan. El mar parece dormitar y el horizonte se pierde en la imaginación.
amq

PASANDO LA VÍA DEL TREN

Escuela rural en la sierra madre
oriental,Tamaulipas. 
fot. Antonio de Marín y Quintana.
Ansiaba estar solo, necesitaba estar solo. Rodearse de silencios y acompañarse de nadas. Por eso se fue al puente de Coquimatlán, pasando la vía del tren, rumbo al rancho de doña Anastacia.

El mismo lugar a donde  Cosme Fuentes acostumbraba a ir en situaciones para él especiales. Como cuando don Pomposo, su padre, lo reprendió por aquel lío con los Dávalos, por un dinero perdido que había ido a cobrar a Pueblo Juárez.

Cosme Fuentes, empapado en sudor y cargado por la arcilla del camino se deja caer, jadeante, sobre la lisa roca de “su” puente, su confidente ficticio. Sus brazos sobre las rodillas, sosteniéndole la cabeza. Cosme anhela encontrar olvido para todo lo ocurrido apenas una hora antes, cuando sentado a la orilla de la blanca banca del parque Centenario, tomó la mano derecha de Angélica Saldívar su linda compañerita del sexto grado, y venciendo el nerviosismo le dijo:

- Yo Angélica, pus yo necesitaba hablar contigo, pus yo creo que tú ya sabes para qué te pedí que nos viéramos aquí Angélica, pus ya sabes, quiero decir que quería decirte –nervioso Cosme traga saliva y continua- o sea pus decirte, a últimas tú ya debes haberte dado cuenta que me gustas un harto y bueno, pus yo quiero decirte, preguntarte ¿si quieres ser mi novia…?

Cuando Angélica le respondió un lacónico “sí”, Cosme, con sus once años de inexperiencia a cuestas, él a su vez le preguntó:

- ¿Sí?... ¿sí quieres ser mi novia?

Hasta tres veces se lo preguntó azorado. Los ojos bien abiertos y las manos entrelazadas. No era así como Cosme lo había planeado. Ya hasta  tenía elaborado un discurso de convencimiento en caso de una negativa o del clásico “pues no sé déjame pensarlo…” Pero esa inmediata afirmativa lo dejó frío. Sin saber qué hacer ni qué expresar.

Ahora ya enteramente hundida su cabeza entre las piernas, Cosme recuerda acongojado que sólo acertó a correr, sí a correr. Era esa su primera declaración de amor y petición de noviazgo, y la ingenuidad le brotó por todos los poros de su adolescente y escuálido cuerpo. Enmudeció su boca, aturdió los sentidos e inmovilizó la razón.

Ante tan inesperada respuesta, Cosme no supo cómo actuar, cómo responder y entonces corrió. Corrió hasta fatigarse, hasta llegar jadeando al puente de Coquimatlán, pasando la vía del tren.

Por días logró engañar a su madre fingiéndose enfermo, para evitar asistir a la escuela y tener que enfrentarse, cara a cara, con Angélica; sus amiguitas, sus compañeros; todos quienes seguramente para entonces ya estarían al tanto de su “escenita”.

Fue hasta el tercer día en que su dramatización quedó al descubierto. Obligado por su madre, casi a empeñotes, Cosme quedó a las puertas del colegio. Las tres horas que separan el inicio de las clases del recreo fueron un  interminable martirio para él. Su cabeza giró acelerada hacia uno y otro lado. Escuchó murmullos en el vacío y tan sólo atinó a divisar objetos sin forma en la pantalla nebulosa que era en esos momentos su campo visual.

En cada palabra, en cada oración, en cada rumor escuchó cientos de carcajadas; en cada mano levantada, observó a cientos de dedos índices señalándolo, sin misericordia. Clavada la mirada en el suelo y sus pensamientos allende los muros escolares, Cosme vivió las más amargas horas de su corta vida.

¡Talán, talán! La campanadas llamando al recreo. Cosme fue el primero en salir, casi corriendo. Buscó el rincón más apartado, la sombra más obscura y un por qué en su tierno intelecto. Sumido en su puberta reflexión, Cosme contempla el majestuoso volcán de Fuego, no le presta atención. Absorto está sentado sobre un ladrillo, que de canto sostiene hasta hace unos días a un niño y que ahora no logra convertirse en un hombre.

- Hola Cosme –una voz femenina lo saluda a sus espaldas-.
El “hola Cosme” lo giran de manera automática en ciento ochenta grados. Ahí está Angélica, mirándolo fijo, con esos sus grandes ojos negros, su cabello largo recogido del lado izquierdo y un vestido de color amarillo con holanes blancos en las mangas. Cosme se queda mudo, cuando no, con la boca abierta.

- Hola Cosme –le repite con dulzura Angélica- ¿Qué ya no recuerdas que somos novios? Entonces ella se acerca despacio, le toma la mano derecha y le da un suave beso en la mejilla.

Tomados de las manos, dejan pasar la media hora del recreo, riéndose, mirándose a los ojos en silencio, acompañándose, compartiendo. Allá al fondo, el volcán de Fuego hoy presume majestuoso su imponente presencia.
amq

ES INÚTIL FINGIR

Palenque, Chiapas.
fot. Margarita Muñoz Fuentes.
 Ni levantarme, ni despertar. No deseo abrir los ojos. Sé que ella estará esperándome. Inmóvil, rígida, con aquella su frialdad tan presente. Y sin embargo, reconozco que es inútil fingir que estoy dormido. Tan sólo prolongo lo inevitable.

Abro len-ta-men-te mis ojos, me despojo de las cobijas y doy cuerda al despertador. Como todos los días, como siempre la lentitud siendo cómplice silenciosa de mi fragilidad humana.

Ella aguarda parada en el umbral de la puerta, ahora semiabierta. No pronuncia palabra alguna, no es necesario. Yo sé bien a lo que viene, lo irremediable y tétrico de su misión. Aunque había logrado retrasar varias lunas este momento, esta vez es definitivo. Ni siquiera me atrevo a mirarla de frente. Y sin embargo, una malsana atracción me dirige hacia ella.

Al acercarme percibo un viento helado que recorre todo mi cuerpo, de manera automática me detengo ya casi al salir de la habitación, giro mi cuerpo  para dar un último vistazo a ese aposento que ha resguardado tanto tiempo mis cotidianos pensamientos y que ahora me arroja hacia espantosos y perpetuos horrores, ajenos hasta hoy para mí pero presentidos ya por ese temor a lo desconocido.

Como suele suceder, ya demasiado tarde vienen las lamentaciones, los arrepentimientos, las culpas y las autocompasiones. Cuando está ya tan  cercano el eterno martirio, recuerdo con lágrimas en los ojos, que si bien tuve momentos dignos de quien busca justificar su efímera existencia, fueron más los frustrados planes que se me escaparon en el olvido.

Porque en más de una ocasión me repetí a mí mismo como para convencerme que en “cuarto cerrado no entran amigos pero tampoco enemigos”. Porque fueron más los “ojalá” que las satisfacciones alcanzadas por el esfuerzo propio. Porque no siempre se consigue lo que se anhela pero también siempre que dije “siempre” terminé haciendo lo mismo.

Torpes, como las de un robot, mis piernas me conducen entre nubes de colores grisáceos hasta aquel enigmático espacio tan lleno de luz pero tan vacío de nadas.

Por algunos minutos pierdo el conocimiento. Ahora, al recuperarlo me encuentro en brazos de ella, de aquella mujer toda vestida de blanco, quien a gritos y entusiasmada repite: “¡es un niño, es un niño!”.
amq