Ocumicho, Michoacán. fot. Antonio de Marín y Quintana. |
- Soy feliz a mi manera - agregó en tono altanero y subrayando cada una de sus palabras-. Yo no provoco la desesperanza entre las personas, tampoco me alimento de su ignorancia. Quien a mí se acerca, lo hace no por desconsuelo sino por convicción.
- ¡El averno –continuó eufórico- tiene las puertas abiertas para todos!
- El final está cercano -sentenció mientras con su pata de macho cabrío dibujaba en el piso un imaginario número 666-, entonces sólo entonces, sobreviviremos los más fuertes, los prácticos, los menos débiles.
Dando la espalda al gran espejo, se despojó de sus ropas. Giró hacia la cama y de un salto trepó hacia la cabecera, desde donde se apoyó para colgarse en el crucifijo de madera de caoba. Debo confesar que yo mismo me horroricé al descubrir una malévola sonrisa en su rostro. Como dirigiéndose a un expectante público todavía sentenció:
- “La Maldad no tiene límites para conseguir sus propósitos y la Bondad es el mejor medio para alcanzarlos”.
Entonces sí, Mefistófeles inclinó la cabeza sobre su hombro izquierdo y así casi sin sentirlo se fue quedando dormido. Sea pues.
amq
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